
Mi abuelo le decía "hora chinhuenhuenchona". Una hora sin sombra. De esas que se bailan despacito, entre el calor que se apaga y el aire que empieza a correr para avisarnos que el día ya casi se va.
Más o menos a las 6:48 pm. No tan tarde, pero definitivamente no tan temprano. Esa hora exacta donde el cielo se vuelve azul, gris y blanco al mismo tiempo. Cuando ya nadie está tan apurado, pero tampoco del todo quieto. Como una pequeña pausa a medias.
No lo conocí, pero lo imagino, me gusta hacerlo. "Chin-huen-huen-cho-na", al ver por la ventana. Como si supiera que en ese momento la nostalgia baja del techo y se sienta con uno a ver el mundo, sin hacer ruido.
Hoy sentí esa hora otra vez. "1 mancha de vino en tus jeans" sonaba en mis audífonos de cable (que por alguna razón prefiero últimamente). Notas golpeadas me lo recordaron, eso y las nubes enormes. El aire estaba tibio, con promesa de fresco. Los árboles se estiraban hacia el cielo sin prisa. Y esa luz, que no lastima ni encandila. Solo acaricia.
6:48, una hora que acompaña. Que se siente como un "tranquila, ya casi". Que rima con la brisa que de pronto corrió y atravesó tus mangas. Más frío que el metal.
Una señora llevaba una carreola vacía. Un señor con trenzas perdió su papalote cuando cayó en algún patio de alguna casa. Una pareja que no hablaba. Todos distintos, todos cruzando esa hora que nadie pone en el calendario, pero que el cuerpo sí reconoce.
Hay momentos que no necesitan testigos, ni aplausos, ni explicación. Solo existen. Como un abrazo después de un día cansado. Como una canción que no sabías que sabías. Como la hora chinhuenhuenchona, que te recuerda por un segundo cómo se respira lento.
Que el cielo también necesita una pausa antes de volverse de noche.
Que las 6:48 pm quizá es la única hora de quedarse quieta sin sentirse sola.









