
Mi mamá solía vivir a tres manzanas del zoológico de Nueva York, en un edificio de 22 pisos. Me gustaba acompañarla al supermercado porque pasábamos frente al enorme letrero que tenía muchos animales dibujados, pero nunca íbamos más allá. Por más que intentara convencerla, ella apretaba mi mano y me decía que llevaba prisa.
Cuando cumplí doce, al fin me dejó salir solo, con la condición de que no me alejara tanto. Entonces, fui a donde hace muchos años había querido.
Compré un boleto en la taquilla y me paré frente a la jaula. Esperé a que rugiera, pero el león se limitó a mirarme unos segundos antes de regresar a su roca.
Cuando volví a casa, mi mamá había horneado un pastel y compró gorritos de cumpleaños para ambos. Me dio mi regalo y eufórico lo abrí desenvolviendo un guante de baseball. La abracé y uní nuestros latidos.
Hoy cumplió tres años su nieto. Justo acabo de terminar de lavar la jarra de cristal que mi mamá me regaló. Tuvimos una pequeña fiesta. El pequeño se acaba de dormir, y ahora yo le cuento mi pequeño recuerdo a la estrella más brillante, esperando que conteste, añorando sus abrazos.









