
El cuarto lleno
Natalia BeDiPor años quise contarte. Así fueran unas cuantas palabras, un simple indicio para que pudieras hacer algo. Quería que así fuera, pero lo arruiné. Dejé que el tiempo se nos terminara, dejé que las ventanas se empañaran tanto que los rayos del sol dejaron de entrar. Dejé que los duendes habitaran el departamento, que lo llenaran de su esencia y desalojaran lo que quedaba de mamá: su perfume, el café, la ropa recién planchada; empezaron a llegar en montones.
El día del funeral estabas en la escalera, tratando de entender por qué tantas personas entraban aquí. Sólo supe darte un beso en la frente y acompañarte durante tantos años en los que ambas sentíamos su ausencia. Pero esa noche llegó el primero. Al amanecer, algo estaba debajo de mi almohada. Me levanté y un duende salió de ahí. Alcancé a ver el brillo húmedo de su espalda antes de que corriera a esconderse en mi armario. No quise alarmarte, lo evadí. Merecías seguir creciendo como la niña jovial que eras. Tu no entender fue sano, pero mi afán de querer comprender más allá fue lo que los dejó entrar.
Pasaron un par de meses y apareció el segundo. Este era más pequeño que el anterior, se escondió en el mismo lugar. Después vinieron los problemas de dinero, las fallas en el papeleo, tu adolescencia. No supe cómo enfrentarlo todo. Nunca entendí cómo lo hacía mamá.
Llegó el siguiente, esta vez era gordo, pesado y lento. Caminó al armario y se escondió. Primero eran meses, se convirtieron en semanas. Los duendes no dejaban de llegar y yo no quería abrir las puertas de madera de aquel guardarropa. Las semanas parecían transcurrir más deprisa; te irías pronto. Los días volaban, y con el paso de los mismos, un duende nuevo aparecía cada amanecer. En ocasiones eran tan rápidos que para cuando terminaba de arrancarme las lagañas de los ojos, habían desaparecido, dejando sólo un rastro húmedo. Pero había otras veces en las que caminaban frente a mí durante el día. El ropero terminó por desbaratarse y los duendes no se contuvieron más. Habitaban como nosotras, pero no para ambas.
Tomaste tu decisión: te irías en tres meses. Me gustaba cenar contigo, más cuando jugábamos naipes y poníamos aún el mantel, cubiertos y el juego de cartas en el lugar de mamá. Apostábamos a que ella ganaría, pero lo hacías tú. Aprendiste su estrategia. Me costaba seguirte el ritmo a esa hora, cuando los duendes se subían en la mesa, trepaban mi cabeza y se sentaban en mis hombros. Era muy cansado, pero te divertía ganar, aunque sé que ya no era un reto para ti.
Hiciste tu maleta. Pasaste a mi habitación. Viste las puertas del armario hechas trizas. Sólo me viste sentada del otro lado de la cama y tomaste algunos suéteres y un par de playeras viejas. El olor te gustaba. No te culpo, era olor a ternura. Yo lo conservaba en la cadenita que usaba mamá. Nunca fui tan creyente como ella, pero entonces empecé a usar su cruz para poder ver de colores la vida. Escuché el cierre de tu maleta y los duendes corrieron a ver lo que sucedía: te irías a la mañana siguiente, eso sucedía.
Te fuiste y prometí conservar tu cuarto limpio para cuando me visitaras. Hablábamos ocasionalmente. La recepción en tu nuevo hogar era bastante mala. Estabas ocupada y no quería importunar. Desde que te mudaste para ir a la universidad, ya no tuve a quién cuidar, ya no tuve que preocuparme por alguien, dejé de ocupar mi mente en algo importante.
Mi cuarto se llenó de duendes, ya no cabíamos todos. Decidí ir a tu habitación, pero ellos empezaron a llegar también. Comenzaron a construir su propia casa dentro de la nuestra, limitando los espacios que yo podía usar. Las cortinas se abrían muy rara vez. Preferían la oscuridad. Llenaron el departamento de pequeñas casitas de las que colgaba una especie de helecho. Por las noches se escuchaban sus pisadas corriendo, un golpeteo rápido que iba de la cocina al baño, del baño a mi puerta; colmaron mi paciencia.
Llamaste un 10 de mayo. No fuiste mi hija, pero fui tu mamá. Hablamos una hora, quizá un par. Dijiste que vendrías en verano, pero yo sabía que no teníamos el dinero, no para las dos. Esa noche, los duendes también usaron el refrigerador para vivir. Ya no cabía ni la comida. La ropa comenzaba a escurrirse de mi cuerpo, mis piernas comenzaban a cansarse más rápido. Lo que yo era ya no era nada. Sólo mi cuerpo que se sostenía de pie de vez en cuando. Y comenzaron a susurrar, sutiles vocecitas que atormentaban el ambiente.
Tuvieron una idea. Podías seguir adelante si te daba mi parte. Eres inteligente y no tenías por qué cuidarme tú a mí. Te irá bien, no dejes que se muden contigo. Sólo se quedan si los dejas permanecer. Puedes abrir y eventualmente ellos saldrán. Yo cometí ese error, los dejé ganar, los dejé habitarme.
Había unos viejos, unos jóvenes. Los había pequeños, grandes, gordos y delgados, de aspecto grisáceo, unos más bien pálidos. Algunos tenían un gorro que los hacía teletransportarse justo junto a mí, así cerrara yo la puerta. Los demás, tenían que aprender a escabullirse para alcanzarme. Su piel era resbalosa. Se metían, se deslizaban por todas partes demasiado rápido como para darme cuenta. Tomaron por gracia el pastillero de mamá. Lo sacudían, regaban todo en el buró, noche tras noche. Dormía de lado contrario para evitar ver sus diabluras. Tuve que taparme la cabeza con la almohada, pero aún así los escuchaba. Caminaban sobre mí con pasos delicados y tercos, no dejaban que durmiera. Mis piernas, mi estómago y mi cuello estaban cansados. Nunca supe si eran pesados o si mi cansancio los volvía así. Entendí que querían que jugara con ellos. Y fue tarde para retractarme.
Por años quise contarte. Así fueran unas cuantas palabras, un simple indicio para que pudieras hacer algo. Pero ellos ganaron, los duendes se llevaron mi soporte. Y ahora, lo único que te quedaba a ti. No dejes que entren a tu nuevo hogar, cierra el departamento con llave y llévate solamente el recuerdo de lo que rescates de nosotras. No quería que fuera así, pero lo arruiné. Dejé que el tiempo se nos terminara.







