
Ese que empiezas a sentir como nervios.
Ese que te genera manías nuevas y te hace usar palabras que no usabas.
Ese que te emociona y ni siquiera sabes que de amor se trata.
Porque todo lo soporta.
Porque todo lo espera.
Porque todo lo supera.
Muchas veces (o no) vamos sabidos que de amor se trata y nos dejamos sentirlo, vivirlo, llenarnos de él.
Pero la magia de un amor espontáneo, de esa serendipia, trata precisamente eso, de que nadie te advierte que toca tu puerta, que entra como si conociera el camino, y que para cuando te das cuenta, lo sujetas tan fuerte que no se va de ti.
Da miedo.
Da miedo querer sin saber que es mutuo.
Da miedo querer y no saber si quieres bien.
Da miedo querer y no decirlo.
Da miedo querer y decirlo.
Da miedo querer.
Pero da más miedo saber que perdemos amor por no perder en el amor. Que no damos ese salto de fe.
Que nos privamos de la magia de lo espontáneo, de la magia de las sorpresas.
Pero vale la pena.
Vale la pena darte cuenta en ese momento, de que lo estás disfrutando. De que en ese abrazo existen más emociones que palabras.
Vale la pena dar ese salto de fe, para notar que lo estás disfrutando y que no eres el único.
Sonreír y que sonría de vuelta.
Mirar y que te mire de vuelta.
Querer y que te quiera de vuelta.
Sentir el mínimo contacto.
Sentir al máximo la energía en tu sistema.
Que sin saber qué sucede,
se sepa que sucede.
Que sin saber querer,
quieras querer.
Que sin saber cómo,
quieras.
Que sin saber por qué,
quieras.
Que sin saber desde cuándo
quieres.
Porque así funciona, nadie te avisa.
Porque… ¿el amor?, ese no pide permiso para nada.








