
Me cayó el 20 y no sólo de la edad.
Me cayó el 20 de que la vida es chiquita,
de que si no perdono ahora
dolerá más en un tiempo,
de que si no quiero ahora
el sentimiento se irá con el tiempo.
Me cayó el 20 de que somos prestados,
de que permanecemos sin que el resto nos pertenezca.
Me cayó el 20 de que llorar no es de débiles
y aguantar no lo es exclusivo de valientes.
Me cayó el 20 de que pocas veces disfrutamos el cielo
y de que damos por alto lo ordinario,
de que una sonrisa puede ser héroe
y un abrazo puede ser hogar,
de que un sueño es una ilusión,
y de mí depende a dónde llegar.
Me cayó el 20 de que ruido, silencio y miradas
por mucho le ganan a tantas palabras,
de que un corazón roto
duele mucho pero enseña un poco,
de que amar y entregarte nunca es demasiado
y que 5 minutos sí bastan.
Me cayó el 20 de que los animales sienten con nosotros
y pocas veces sentimos con ellos,
de que puedo ser feliz
aunque no todos estén bien con ello,
de que no todo es ganar-ganar
y no ganar está bien,
de que forzar a mi cuerpo lastima mi mente,
de que somos muy jóvenes para preocuparnos por dinero.
Me cayó el 20 de que no ser conformista no significa no ser suficiente,
y de que cuestionar no siempre es desconfiar.
Me cayó el 20 de que lo bueno pasa
y lo malo también,
y de que la fe y el miedo van juntos pero no unidos.
Cuesta escribir 20 cosas y saber que hay más,
pero es mejor que te caiga el 20,
saber que vives, que aprendes,
y no solo existes de cuerpo presente.









